D. Marcelino Olaechea Loizaga. Historia

D. Marcelino Olaechea Loizaga

 

                                                  

 

 

D. Marcelino  Olaechea  Loizaga.  S.D.B.

 

 

 

Hombres De Nuestra Historia.

 

Semblanzas Salesianas de la Inspectoría de Valencia (1913-1980) 

Central Catequística Salesiana. (Pág. 169-180) -  Madrid 1981  - 

 

Por Basilio Bustillo.

 

 

     Es forzoso, ante todo declarar que no pretendemos trazar una biografía de don Marcelino. Pero no queremos que en este lugar, donde se cuentan como vivieron tantos y tan buenos salesianos, en la Inspectoría Salesiana de San José de Valencia, falte ésta, tan hermosa, tan singular y tan salesiana de don Marcelino Olaechea.

Don Marcelino abrió sus ojos a la luz en Baracaldo. Por eso van incorporadas a su escudo episcopal las chimeneas de los altos hornos baracaldeses. Sus palmeras de humo eran una imagen impresa en su retina desde la primera infancia. Y chirriaban las maquinas y chisporroteaban las fraguas en su corazón hasta el fin de su vida. porque: "soy hijo de obrero -decía satisfecho-. Nací dentro de la misma fábrica del marques de Mudela, hoy Altos Hornos, y mi padre era jefe de ajustadores".D. Marcelino Olaechea Loizaga

Añoraba con frecuencia una vieja fotografía "en la que se me ve de niño, vistiendo aún babero, en medio de un grupo de obreros, con todo el color y sabor de la fragua de Vulcano, pintada por Velázquez".

A lo largo de su vida dejaba asomar muchas veces, bajo su sotana religiosa y sus hopalandas prelaticias, la humilde blusa del obrero.

     Era su orgullo de origen. A él añadía el de su condición salesiana: "después de a nuestros padres, debemos a la Congregación Salesiana, por la gracia de dios, todo cuanto somos". Y por eso figura también en su escudo episcopal gran parte del salesiano. 

    Empezaba por aquellos años la labor educativa del colegio Salesiano de Baracaldo (1897). Y en él entró Marcelino Olaechea, muchacho espigadillo y frágil, cuya inteligencia viva y brillante lucía en sus labios. Y cuya voluntad tenaz y entusiasta ya se asomaba a sus ojos, luchado contra la frágil salud que empezaba a moderar su fogoso natural.

     Un hombre lleno de paternidad y de saber dirigía aquellas incipientes escuelas: don Ramón Zobalo. Parece que el buenazo P. Zobalo hizo hasta un "milagro" en la persona del jovencito Olaechea -lo contaba él mismo- para convencer a los superiores de que podía ingresar en el Seminario Salesiano, tal y como él mismo había pedido. Quizá por esto quedó don Marcelino imantado para siempre con el recuerdo del gran maestro y padre don Ramón.

     En efecto, el 14 de octubre de 1901 entraba en la casa de formación de Villaverde de Pontones (Santander).

    Nos contaba aquel abuelote que se llamó don Guillermo Gil que, a poco de llegar a Villaverde, el joven larguirucho representó en le teatro el papel de Sindo el Tonto: y que lo hizo tan a pedir de boca que comentaban los profesores de la casa: "este chico es un tonto de veras o es un fenómeno". ¡Era un fenómeno!.

     Allí comenzó a construir el edificio de su vasta cultura. Lo mismo recitaba, muy entrado en años, una oda latina de Virgilio que todo un canto de la Divina Comedia del Dante, en italiano...siempre estuvieron abiertas las puertas de su privilegiada inteligencia para dar entrada a todas las materias del saber. Y lo siguió en Carabanchel Alto (Madrid). el 19 de octubre de 1904 era novicio. El 7 de diciembre de 1904 le imponía la sotana el que "milagrosamente remedió" su maltrecha salud, don Ramón Zabalo. Y el 22 de octubre de 1905 se inscribía decidida y jovialmente en las filas de la Congregación . Por cierto, hay un dato curioso en su ficha personal: dos meses más tarde (22 de diciembre de 1905) ¡recibía la tonsura clerical!.

     No es fácil seguir paso a paso la andadura de este gigante. no cabe en nuestro espacio su periplo. como nadie escatimó medios a sus sobresalientes cualidades, se asomó a las escuelas de Bélgica e Italia, en las que completó los estudios eclesiásticos y salesianos. Y adquirió una visión universalista de las cosas. Día a día fue cultivando sus devociones particulares a la Sagrada Eucaristía, a la Santísima Virgen, a San Juan Bosco y a San Francisco de Sales. Y también sus aficiones predilectas -según el mismo confidencialmente reconoce- por la música, las flores, los dulces... "sí, quien no gusta de los dulces, de las flores y la música, no puede entrar en el cielo".

     Como buen salesiano, de joven corría velozmente por los campos de juego. Y le gustaba el teatro, que llamaba maravilloso juego de inteligencia y afectos. Recuerdo con orgullo, como siendo el nuestro inspector provincial, nos ensayó a los estudiantes de filosofía "La oveja perdida", de Timoneda y otras obras teatrales. Y, hasta siendo ya arzobispo de Valencia, podía presumir de su gracia para cantar una jota Navarra, aunque con su poquita y apagada voz, eso sí, pero con afinación , gracejo y majeza también. Los Reyes Magos le gastaron una vez (Campello, 1923) la broma de entregarle, como regalo, una caja de cerillas para que "encendiera" su voz.D. Marcelino Olaechea

    Llegó al sacerdocio (21 de diciembre de 1912) como cepa cubierta de sarmientos racimudos, llenos de saber y de dulzura salesiana. 

    Actúa de consejero escolástico y profesor en Santander. Y el 19 de octubre de 1915 le envían los superiores como director de la nueva casa de La Coruña. Un hombre audaz para una fundación audaz. Las "Escolas do caldo" están instaladas en un viejo caserón batido por las olas del Orzan. Allí establece y organiza su primer campo de operaciones. Y desde allí se esparce la hondura de su espiritualidad, la alegría de su optimismo impenitente, la apertura de su apostolado juvenil, abierto a todas las necesidades del momento.

Tanto que el 1 de octubre de  1917 (tiene sólo veintiocho años), la obediencia le envía a Carabanchel Alto. Allí están el noviciado y el estudiantado filosófico: hace falta un buen armador que prepare marineros para salir a la mar apostólica salesiana. Se abre además, el colegio de enseñanza media y hay que poner buenos cimientos.

     El poseía vivacidad y dinamismo. El sabía animar, entusiasmar, crear espíritu de piedad, de trabajo, de alegría.

    Los alumnos esperábamos su paso por el pórtico: a la menor señal penetraba en el estudio, se sentaba a nuestro lado (en aquellos pupitres bipersonales), nos resolvía un problema "difícil". Igual que nos pitaba en la capilla al rey Nabucodonosor en su palacio y, zoantrópico, convertido en un animal de la selva. Igual que nos predicaba simpáticos ejercicios espirituales, con grandes desafíos futbolísticos... con cestos de naranjas para ... ¡todos!.

   El 15 de agosto de 1921 era nombrado inspector-provincial de la Tarraconense, hasta 1925. Por segunda vez se separaban la zona Tarraconense y la Céltica.

Su gobierno, desde Barcelona, fue tan eficaz como corto. Se dio totalmente a su función. Su inquieta mente y su desbordante corazón se ingeniaron para crear y dar vida. Si hubiera estado en su mano, hubiera dado hasta su voz apagada, que encendía sin descansar para iluminar organizaciones colegiales, inflamar asambleas de antiguos alumnos, abrasar las almas de los hermanos en ejercicios espirituales y hasta para ensayar primorosas obras teatrales y levantar monumentos literarios perfectos como cierre de fiestas salesianas, concursos escolares, congresos juveniles...

     Pero la zona tarraconense, con sus casas de formación , con sus escuelas profesionales -las que singularmente atendió con los primeros manuales profesionales-, con su Librería-Editorial que mimó, y con sus colegios y organizaciones postescolares -desde Gerona hasta Alicante y Aragón- desgastó rápidamente su brillo. Al tercer año cayó enfermo. Desde la casa del Tibidabo, donde atendía a su salud, oteaba el campo inspectorial y daba solución a los problemas que se le planteaban.

     De 1925 a 1933, un tanto recobrada su maltrecha salud, pusieron en sus manos las riendas de la inspectoría Céltica. Y sigue en ella sacudiendo el entusiasmo para crear por doquier el cima de la salesianidad, de don Bosco.

    La fama de su personalidad había saltado las tapias de la Congregación. Y la Santa Sede le nombró (1933) Visitador Apostólico para los dieciocho seminarios de las provincias eclesiásticas de Valencia, Granada y Sevilla.

    Desempeñó la ardua misión con bondad, delicadeza y precisión. Su sabiduría y prudencia estuvieron a la altura del delicado encargo. Seminaristas, profesores y superiores quedaron admirados y prendados de su útil y dulce saber hacer. Dice el mismo que fue "una visita que nos dio útiles enseñanzas para nuestro gobierno y el gobierno de los otros".

    Al reintegrarse a la vida sencilla salesiana le nombran director de las escuelas salesianas de la Ronda de Atocha, en Madrid (1 de agosto de 1934). ¡Era su campo! Los muchachos de Lavapiés y Embajadores hallaron en el a su padre. La iglesia de María Auxiliadora se encontró con su pastor. Los antiguos alumnos rodearon al guía de juventudes. Las revistas abrieron sus paginas a su pluma atildada, graciosa e inconfundible. Los religiosos rodeaban al superior ejemplar, salesiano de una pieza, otro don Bosco. Pero a poco, era elevado por la Santa Sede a regir la diócesis de Pamplona (25 de agosto de 1935). 

    La Congregación perdía uno de sus grandes hijos. Don Marcelino, fuera de ella, realizaría con fidelidad, con todo su inmenso corazón y personal originalidad, los ideales heredados de don Bosco.

 D. Marcelino disfrutaba haciendo el Bien. Con los niños y los jovenes, como buen Salesiano, y también con los ancianos, con los pobres y todos los que llamaban a su puerta.  La iglesia podía lanzar al aire las campanas catedralicias de Pamplona. Su nuevo obispo, lleno de bondad y de dulzura, de firme voluntad y genio creador, tomaba posesión de su sede, emocionado y sonriente en medio de un torrente humano al que bendecía.

   Once años pasó en Pamplona. Once años gloriosos. Andando por todos los caminos navarros para encontrarse con su grey, subiendo las empinadas cuestas de sus santuarios marianos, restaurando monasterios, fomentando devoción y fe.

   Pasó con los navarros los duros años de la guerra civil. Les alienta y les conforta. Y detiene la dureza de la contienda fraterna con nobles palabras que calman los ánimos y devuelven la paz a los corazones y a las familias angustiadas. Su nombre queda escrito con letras de oro en muchos hogares. Como la gallina guarda a sus polluelos, así cobija él a sus hijos.

    Todo un cinturón de casas religiosas cerca con su consentimiento la ciudad. El hermoso seminario, siempre repleto de jóvenes, se convierte en la niña de sus ojos. Los 845 sacerdotes de la diócesis colaboran con él, siembran con él y cosechan con él frutos de autentica cristiandad. 

    Los mozos de Navarra hacen corona a su obispo y suben con él a las altas cimas de sus montes: oyen allí sus misas y se ponen en tensión espiritual al eco de su palabra. Los niños aprenden fielmente el catecismo para competir en certámenes diocesanos por él  organizados. Y la alegría de sus entrañas juveniles se funde con la sonrisa paternal de su obispo, a quien adoran.

    Todos los hijos de Navarra le llamaban padre. Porque era el padre de todos. Aunque le tocó multiplicarse para poder atender a tantos y tantos como llegaban a Pamplona buscando refugio.

    Fue el suyo un pontificado eficaz, sabroso, cordial, firme, valiente, tenaz y bien dirigido. Caló profundamente en el alma de sus diocesanos que le querían y se le entregaban. Con toda razón la Diputación de Navarra le nombró su hijo predilecto.

     ¡Con qué pena le vieron marchar camino de Valencia! ¡Y con qué envidia de no poder seguir siendo diocesanos de don Marcelino!

     Fue nombrado arzobispo de Valencia el 18 de febrero de 1946. Y Valencia se convirtió en su gran campo de acción. Entré en ella en la tarde luminosa de un domingo del mes de junio. Una tarde triunfal. Su palabra insinuante, aguda, fina y precisa abrió aquella tarde, entre la apretujada masa de fieles que llenaba la Catedral, las mejores perspectivas. 

    Durante su largo pontificado, siempre de la mano con la Providencia, porque si no, no hay quien lo explique realizó empresas de aspecto irrealizable y alcanzó metas inimaginables.

   Es imposible, en una reseña como la presente, señalar siquiera las iniciativas que él, supo abrir en todas direcciones. Sus ojos, sus manos y sus pies vieron, tocaron y anduvieron los campos del deporte (playas y colonias veraniegas para niños, pobres), la instrucción en todas sus formas (escuelas primarias, profesionales, técnicas y superiores), las obras sociales (tómbolas y Banco de Ntra. Sra. de los Desamparados), las viviendas (13 grupos con 1.433 habitaciones, el patronato Felipe Rinaldi con 41 grupos y 3.904 viviendas), las devociones, la Gran Misión , la Virgen Peregrina, el Sínodo Diocesano, el centenario del Santo Cáliz, la canonización de San Juan de Ribera, el Seminario...

    ¡Algo fabuloso, de no haberlo visto todo el mundo! "Pasó haciendo el bien" y fue "todo para todos".Entre miles de imagenes de don Marcelino, esta es una de tantas en la que no solo se manifiesta la alegria en su semblante, sino también en los mas pequeños que se alegraban con su alegria.

Resulta imposible presentar el catálogo de las obras que realizó durante los años que estuvo al frente de la Diócesis.

Si yo hubiera de levantarle un monumento le pondría sobre un basamento al alcance de todos. Su figura alta, alta y sonriente. Muy inclinada la cabeza hacia abajo. Recibiendo con la mano izquierda sacos y sacos de monedas de oro y repartiéndolos con la derecha. A sus pies una inscripción: "Quiero levantarme millonario cada día, para acostarme pobre del todo, cada noche". 

    Don Marcelino fue el hombre menos roñica del mundo. Con razón descansan sus restos mortales, en la capilla de la Catedral dedicada a su glorioso antecesor Santo Tomás de Villanueva, apodado el arzobispo limosnero. 

Pero no sé hallar un adjetivo para calificarle. Todos lo laudables le van a la medida de su gran personalidad. Con cuanta razón le aplicó alguno el texto de la Escritura: "No había hijo de Israel más alto que él y a todos les sacabala cabeza" (I Sam. 9,2).

     Yo quisiera poner a don Marcelino al descubierto.

    Muy alto y delgado, durante muchos años. De gran corpachón y cabeza inclinada, mas tarde. Pelo espeso y negro entretejido con abundante hebras blancas. Ojos vivaces y lucientes, tras los anteojos. Sonrisa abierta. Tez morena, mancada. Rostro agradable. Siempre vestido episcopalmente: sotana negra con ribetes encarnados, faja morada y pectoral dorado. 

     Si paseaba, colocaba su brazo izquierdo a la espalda, jugueteaba sus mano derecha con el pectoral y caminaba como quien cojea un poco. Repartía caramelos a los niños. Trababa conversación con cualquiera. Si iba en coche, se sentaba junto al chofer. Trabajaba normalmente -salvo en las obligadas recepciones- en una habitación modesta y recogida. Sin más lujo que un fichero metálico y una maquina de escribir portátil. Y sin mas alegría, ajena a la que le era natural, que el poco sol de un balcón que daba a un patio interior, y un pequeño búcaro de humilde cerámica, vestido con una rama de nardos, de alhelíes, de jazmines sobre la mesa. Modestia absoluta.

Su jornada empezaba a las 6,30 h. Y no se acostaba antes de las doce. Le gustaba vivir en comunidad. Rezaba. Leía. Escribía. Conversaba. Paseaba. Contemplaba la TV. Jugaba a la baraja.D. Marcelino Olaechea. Santa Misa

    Su acción de gracias, después de Misa, era larga, no acababa nunca. Estaba al día de los mejores libros. Su pluma bordaba escenas, pitaba tipos. Su palabra era amena. Los paseos cortos. La TV ocasional. Las partidas de naipes, rápidas.

     Su campo de operaciones estaba bien delimitado por el mapa de la diócesis con sus arciprestazgos, que se veía bajo el cristal de su mesa, por el enriquecido con 47 nuevas parroquias en la capital y mas de 120 en la diócesis. Para poderlas atender levantó un Seminario Metropolitano, modelo para todo el orbe católico. 

    Estaba chiflado por la Virgen. De salesiano, nos llevaba a María Auxiliadora. De obispo, en Pamplona paseó por las carreteras navarras sus 35 imágenes mas famosas que, cubiertas de flores, juntamente con la Virgen del Camino pamplonica, llegaban a la coronación de Santa María la Real, reina de Navarra, en plena plaza del Castillo, totalmente atestada (16.000 metros cuadrados) de hombres y gentes que le ofrecían su vida y corazón. 

    Y, ya de arzobispo en Valencia, organizó la explosión de piedad más arrebatada, más encendida, más delirante, más mantenida y más tiernamente filial que jamás se vio en la tierra. Fue la peregrinación de la Virgen de los Desamparados de 1948. Fue una explosión de jubilo ciudadano. Un rapto colectivo de la imagen venerada. Durante once jornadas, de día y de noche, anduvo recorriendo la ciudad. Y aún tuvo que volver, durante otros veinticuatro días, a dejarse llevar en volandas por las zonas del extrarradio. Se revolucionó toda la vida de la capital: su centro era la imagen andariega de la Virgen que, cercada de blancas palomas, y con el pueblo en torno enloquecido, recorría las calles, entraba en las oficinas, se mentía por las cárceles, cruzaba las fabricas, visitaba los cuarteles. Creó un capítulo nuevo en la historia de Valencia.

D. Marcelino en el Confesonario de la catedral donde mas de una vez dedicó su tiempo, pues para el sacerdote que se confiesa como el todas las semanas es necesario ejercer este ministerio.    Si la Virgen de los Desamparados se llamó, en las Crónicas, la "Mare de Déu dels Folls" hay que añadir que, en esta ocasión, lo fue verdaderamente de todos: de todo el pueblo "loco" por su Madre y Patrona; tan loco como lo estaba su arzobispo que por todo, alentó y cuido tan señalada y extraña "locura" popular de conmoción religiosa.

   No descansó en su fervor mariano: preparó os actos del voto asuncionista diocesano; fundó la Escolanía de la Real Basílica; coronó la imagen de la Virgen del Puig y otras diecisiete vírgenes -como o había hecho en Navarra con la del Sagrario, Santa María de Ujué y Santa María de Roncesvalles-; llevó a feliz término el Año Santo Mariano; declaró la Basílica y Patronazgo Regional de la Virgen de los Desamparados; entronizó su imagen en el Cementerio General; obtuvo su Oficio y Misa propios...

    Era el suyo un amor encendido y entusiasta de Eucaristía. Se conmovía en la Misa. Se desbordaba en actos de adoración y reparación ante el Santísimo Sacramento. La Eucaristía era el motor que animaba sus actividades pastorales. Aquellas actividades suyas, llenas de una grandiosidad que impresiona o psicólogos y a toda surte de observadores. Porque son explicables, casi en todo obispo, sus actuaciones dentro del campo puramente de la fe y la moral. No extraña que erigiera un gran seminario y otros centros de formación sacerdotal. Ni extrañan, dada su condición salesiana, sus delicias por los niños: estar con ellos, repartirles su sonrisa y ¡sus caramelos!, levantarles escuelas y crear colonias veraniegas y centenares de centros educacionales... ¡Al fin y a la postre era salesiano!. Pero. don Marcelino Olaechea y Loizaga deja de ser el hombre corriente, el obispo normal y hasta el arzobispo padre y pastor, cuando, liándose la manta a la cabeza, acordándose de su condición de hijo de obrero y educador salesiano, se mete de lleno en el campo social.

     Crea y funda tómbolas (hubo quien bromeando le quiso apodar "Marcelino el Tombolero"). Las había empezado en Pamplona. Pero las perfecciona en Valencia. Tómbolas singulares, revestidas de su personalidad. Llenas de simpatía popular, con la colaboración de todos los ámbitos ciudadanos. Con un montaje perfecto (eso sí: gracias al mejor colaborador que pudo nunca soñar, a su "perro gris" el P. José Lasaga). La "tómbola del arzobispo" puso en manos de don Marcelino aportaciones ingentes que le permitieron realizar cuantiosas obras de caridad. Con su carácter festivo y atrayente, entre músicas y carcasas y abundante reparto de premios, salieron de la tómbola millares de viviendas, el dispensario de Ntra. Sra. de los Desamparados para los pobres sin medios económicos, especialistas y medicinas totalmente gratis, las dotaciones para los secretariados parroquiales de Caridad, el sostenimiento de las colonias veraniegas para millares de niños valencianos.

     Era una obra singular y novedosa, muy en consonancia con su personalidad de apóstol de la caridad.

    Su amor sobrenatural de Dios, y del prójimo por Dios, produjo todo un caudal de obras sociales sin limite;Juan XXIII y D. Marcelino Olaechea hermandades obreras, asociaciones patronales, Instituto Social Obrero, Instituto Social del Arzobispado, escuelas parroquiales, colonias de la Virgen, Caritas, Banco de Ntra. Sra. de los Desamparados, viviendas para obreros, instituciones de asistencia medico-farmacéutica, apostolado de los gitanos, escuelas del deporte "Benimar" (obra entrañable para don Marcelino y del todo original, con un conjunto amplio y moderno de instalaciones deportivas y una playa para las familias).

     Y cuando llegó la gran riada de 1957; alza su voz cálida y cordial y llega a lo increíble. "De ocho mil damnificados, cinco mil recibieron alojamiento, medicinas, alimentación, durante meses, en Palacio, Catedral, iglesias..." don Marcelino puso a subasta el báculo y el anillo pastoral, pues ya no tenía más que dar.

    No era un gesto extraordinario en él; era la manifestación más aparatosa de la finísima sensibilidad de su misericordia evangélica hacia los pobres y necesitados. Primorosa fineza que le era innata; 19 de marzo de 1918 en Carabanchel Alto. Representábamos en nuestro teatro "Un veneno o la profanación de los días festivos". Para el mayor efecto teatral se le ocurrió a un joven director de escena -¡juventud inexperta!- rociarnos de gasolina y prendernos una cerilla al "salvador" y a mí, inocente criatura, prisionero de un taller en llamas. Salimos al escenario hechos una hoguera viva. Hubo aplausos de algunos y gritos espantosos de la mayoría. don Marcelino subió corriendo al escenario, hizo levantar el telón y nos mostró al publico sanos y salvos, ¡gracias a Dios!.

Entre tantos recuerdos de su gran labor social, se levanta en Valencia el barrio de San Marcelino, por él construido. Es un barrio para trabajadores con dos grupos de escuelas, su garaje para bicicletas y su cine. Con calles amplias y edificios modernos bien ventilados. y sus buenos locales comerciales.

   Su proyección social, hija de su origen familiar y de su condición salesiana está plasmada en su escudo: chimeneas, ruedas dentadas, un corazón en llamas, San Francisco de Sales, la estrella del mar y la leyenda: "Da mihi animas caetera tolle". Son sus armas: el amor y el corazón. Y su batalla: la promoción de la paz social y la justicia.

    Fue famosa su intervención, durante la guerra civil española, para prevenir represalias, salvar vidas inocentes, obtener reconciliaciones y lograr la paz. "Cuando supo que algunos exaltados iban a asaltar el castillo de San Cristóbal, de Pamplona, para ejecutar a los marxistas que allí hubiera, don Marcelino contactó con la autoridad máxima de Pamplona y no cejó hasta que le aseguró: antes tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres...". Fue entonces cuando don Marcelino lanzó su sonora pastoral, con el grito solemne de: "¡Ni una gota más de sangre!".

    Terminada la guerra y ya en Valencia, promueve destacada y eficazmente soluciones de toda suerte para los problemas sociales. Erige los institutos sociales Obrero y Patronal, para formar jefes obreros y patronos ejemplares. Estudia en él las graves preocupaciones sociales y escribe una pastoral "el salario justo", que recorre el mundo entero y se comenta apasionadamente.

    Estos institutos alcanzan la mayoría de edad: crean escuelas, celebran cursillos y congresos: forman empresarios y obreros; se constituyen en faro luminoso para el obrero desorientado y receloso. completan su estructura con el Instituto Social Femenino, la Escuela de Asistentes Sociales, el Instituto de Estudios Sociales y el Instituto Social Sacerdotal.

    La preocupación social bulle constantemente en su espíritu y establece, por vez primera en España, el día del Aprendiz, que dedica a San Juan Bosco. Crea el Hogar Obrero-Parroquial de Aprendizaje y Cultura y el Comité Diocesano de Grupos de Ayuda Obrera, dotándolo con un cuantioso donativo. Bendice, aprueba y socorre con orientaciones, consejos y dinero... todo cuanto se refiere a la promoción obrera, porque él quiere la paz de Cristo enUna de las últimas fotografias, joven entre los jovenes, en la Casa Salesiana de Campello. el reino de Cristo, que es de Verdad, de Justicia y de Amor.

    En 1966 se despedía de la diócesis valenciana. "Entré pobre y salgo pobre", dijo al despedirse, ya no le quedaba nada. Pasaba a ser arzobispo titular de Bubbar. Y se retiraba feliz a un modesto apartamento que la Congregación y la Caja de Ahorros pusieron a su disposición. En él estableció su cenáculo de oración y espiritualidad aquel hombre de masas, de corazón y mirada universales.

    El que fue activo vicepresidente de la Comisión para los Seminarios y Universidades Católicas en el Concilio Vaticano II; el presidente de la Comisión de Seminarios, de la Enseñanza, de los confines Diocesanos y de la Emigración, dentro de la Conferencia Episcopal Española; el que, en servicio a los intereses de la Patria, fue procurador en Cortes y formó pare, durante todo un periodo, del Consejo de Regencia de la nación; el hijo adoptivo y predilecto de Valencia, con medalla de oro de la ciudad concedida por el Ayuntamiento; con medalla de la provincia, por la Diputación; con la gran cruz de Isabel la Católica y la de San Raimundo de Peñafort por el Estado; el asistente al Solio Pontificio, por concesión de Juan XXIII, vivió seis años mas de sencillez, recogimiento y oración.

    Vida comunitaria y familiar con dos salesianos, don Ricardo Nácher, don Fabián Quilez y su secretario particular, don Joaquín Mestre. Les servían una monjitas. Apenas si le quedaba familia. Su padre murió cuando él terminaba los estudios de latinidad. Su santa madre murió siendo él provincial. Un único hermano varón murió mozo y también su hermanan, su cuñado y una sobrina muy guapa e inteligente (son sus palabras, habían muerto unos años antes. Le quedaba un sobrino de gran valía y ejemplaridad, con el que, naturalmente guardaba relación frecuente.

    Pero su casa seguía siendo la casa de todos. De todos los que con él actuaron. De todos los pobres. De todos los salesianos. La salesianidad era el componente esencial de su personalidad, Se sentía empapado de afecto y confianza hacia los superiores de la Congregación. Y tenía unos detalles de tal ternura, con todo salesiano, que no sabía uno como comportarse con él. Su última voluntad, expresada en el testamento, de que le enterrasen en la tumba común de sus hermanos, indica con claridad cuán salesiano se sentía: es como el sello de su salesianidad.

    Su vida ordinaria era normal. Viajaba menos. No salía mucho. Rezaba, escribía, leía, organizaba papeles, alternaba con la simpatía de siempre. Cumplía las órdenes de los galenos que cuidaban su quebrantada salud. Y era muy parco en su alimentación. Vivía pobremente.

    El 12 de octubre, fiesta del Pilar, celebró su última misa. El día 13 comunicó a su familiar que el Señor le había anunciado que le llamaría un día de aquellos y que deseaba que su entierro fuese sencillísimo y le dieran sepultura en el panteón salesiano.

Siguió aquellos días asistiendo a la santa misa: tres fueron las propias de enfermos y dos las de agonizantes. Y repetía: "Sé que he de morir uno de estos días y no tengo enfermedad alguna; ya veremos por donde tiraD. Marcelino Olaechea Loizaga Dios".

     El día 18, miércoles, después de oír la santa misa, en la capilla, recibió el Viático y la Unción de los enfermos. El 21, y sábado, a las 6,30 h, después del rezo del Santo Rosario, respondía placidamente a la llamada del Señor. Moría un santo. el maestro daba su última lección. El compañero de la Virgen Peregrina, pobre como sus amigos predilectos, iba a su lado.

     El pueblo agradecido rindió a su pastor y padre el homenaje merecido.

    Por la capilla ardiente, instalada en el salón del trono del Palacio Arzobispal, pasaron sacerdotes, religiosos y fieles. Hubo escenas  emocionantes. Lágrimas y besos. Un plebiscito de amor.

Toda un cadena de visitantes de ilustres personajes nacionales, provinciales y locales desfiló ante el cadáver. Llegaron mensajes de condolencia del Jefe del Estado y de las más altas personalidades civiles y eclesiásticas.

    Las exequias del día 22 indescriptibles por su emoción . Un inmenso publico devoto llenaba el itinerario del féretro; la plaza de Palacio, la capilla de la Virgen y su Plaza, la calle del Miguelete... y sobre todo la Catedral. Concelebraron cincuenta sacerdotes y doce prelados. Asistieron las primeras autoridades militares y civiles. Corporaciones municipales y de la Diputación y el arzobispo de la diócesis Mons. José Mª García Lahiguera sintetizó la vida de don Marcelino en estas tres frases:

"Dame almas, lo demás no me importa", "Pasó haciendo el bien" y "Amó y se entregó".

 

    Los salesianos llorábamos la perdida de un gran hermano. La estela luminosa de su paso estaba allí brillando ante nuestros ojos, invitando a nuestro pies a pisar sobre sus huellas de autentico amor a Cristo y nuestros hermanos. Don Marcelino era un hombre cabal, adelantado a su tiempo y entregado hasta el final.

 

Nacimiento, en Baracaldo (Vizcaya).............................................. 9 - enero - 1889

Profesión religiosa, en Carabanchel Alto (Madrid)................. 22 -octubre - 1905

Ordenación sacerdotal, en Santander................................... 21 -diciembre - 1912

 Preconizado obispo de Pamplona................................................ 23 - agosto - 1935 

Consagración episcopal, en Madrid......................................... 27 - octubre - 1935

Arzobispo de Valencia el............................................................ 17 - febrero - 1946

Presenta la renuncia, aceptándosela el Papa Pablo VI...... 19 - noviembre - 1966

Defunción en Valencia................................................................ 21 - octubre - 1972