D. Marcelino Oleachea Loizaga

Marcelino Olaechea Loizaga, SDB

 

Obispo de Pamplona (1935-1946) Arzobispo de Valencia (1946-1966)

(Baracaldo, Vizcaya, dióc. Vitoria, 9 enero 1889 - Valencia, 21 octubre 1972).

 

Del libro:

“OBISPOS Y SACERDOTES VALENCIANOS

DE LOS SIGLOS XIX y XX”

Diccionario Histórico

Por: VICENTE CÁRCEL ORTÍ

 

Hijo de un obrero metalúrgico, fue alumno desde su infancia de los salesianos, y a los 16 años ingresó en la congregación fundada por San Juan Bosco y siguió los estudios filosóficos en el colegio de Carabanchel Alto (Madrid) y los teológicos en el estudiantado internacional de Turín (Italia). Ordenado sacerdote en 1912, los superiores de la congregación, que habían descubierto sus excelentes dotes intelectuales y humanas, le confiaron la dirección de importantes colegios. Amplió estudios de sociología en Lieja (Bélgica) y después fue elegido inspector provincial de Cataluña, Valencia y Madrid. Era un religioso de prestigio cuando la Santa Sede, por indicación del nuncio Tedeschini, le confió en 1933-1934 la delicada misión de visitar los seminarios de las provincias eclesiásticas de Valencia, Granada y Sevilla, en vistas a la profunda renovación de los mismos, preconizada por Pío XI. Con este motivo, Olaechea estuvo en Valencia y pudo percatarse de la realidad eclesial de dicha Archidiócesis y de los problemas más agudos que en plena República afectaban a seminaristas y sacerdotes. Redactó un amplio informe, acertado y minucioso, que fue una ulterior demostración de su buen criterio y preparación. Un año más tarde fue nombrado obispo de Pamplona, sin intervención alguna del poder civil, diócesis en la que emprendió una gran tarea pastoral en momentos trágicos para la historia de España. El 6 de agosto de 1936 firmó, junto con el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, una pastoral en la que denunció el anticlericalismo de la revolución y los horrores de la persecución religiosa, «porque –decían– es en la demarcación de nuestra jurisdicción, en parte de ella y no fuera de ella, donde ha surgido un problema pavoroso de orden religioso político, a cuya solución va ordenado este documento». España pasaba por días de prueba como no los había sufrido en siglos. A un quinquenio de revolución política había sucedido bruscamente una cruel revolución social. Luchaban unos ejércitos contra otros, mientras en campos y poblados las pasiones desatadas revolvían y ensangrentaban todo.

El 15 de noviembre de 1936 pronunció el obispo Olaechea, en la iglesia de San Agustín de Pamplona, una alocución contra la durísima represión política de los nacionales, en la que se expresó en estos términos: «No más sangre que la decretada por los Tribunales de Justicia, serena, largamente pensada, escrupulosamente discutida, clara, sin dudas, que jamás será amarga fuente de remordimientos. Y ... no otra sangre. ¡Católicos y católicas de la gloriosa diócesis de Pamplona! Vosotros y vosotras en particular (...) socios queridos de Acción Católica, practicad con todo el amor, predicad con toda energía, las palabras de Jesucristo en la Cruz», esas palabras que distinguen a los cristianos: «Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen».

Olaechea fue enérgico defensor de los detenidos políticos. Su labor pastoral en Pamplona, tras la victoria de Franco, se centró en la reconciliación del pueblo navarro dividido por la contienda, y tuvo que afrontar dos series de acontecimientos que sacudieron la tranquilidad de la capital de la diócesis: – La Carta a los huerfanitos de Navarra (hijos de fusilados navarros, en los primeros meses de la Guerra Civil), que provocó una respuesta inmediata en todo el ámbito diocesano–, y el comienzo del peregrinar al obispado de los familiares de los presos del Fuerte de San Cristóbal, en busca de intercesión del obispo de Pamplona, ante las autoridades correspondientes, para ver de salvar la vida de aquellos miles de condenados a muerte, a causa de la guerra recién concluida.

En relación con los huerfanitos, no hubo escuela, catequesis, ni parroquia que no respondiera efusiva y generosamente al llamamiento de su obispo, que recibió personalmente a cuantos acudieron a su invitación y que terminó por tener resonancias a escala nacional.

Los condenados a muerte, concentrados de toda España, en el tristemente conocido Fuerte de San Cristóbal, sumaron muchos millares de personas. Sus familiares empezaron a llamar a las puertas del obispado, que se abrieron de par en par. La noticia de la buena acogida corrió por toda España y el número de visitantes creció día a día. Todos fueron recibidos uno por uno, por el obispo Olaechea, provocando una actividad agotadora a su secretario Cornelio Urtasun Irisarri, recién ordenado sacerdote, y con una actividad que duró, con intensidad creciente, varios años. Olaechea realizó una labor callada en sus años de Pamplona, en favor de los miles de detenidos político llegando a conseguir la conmutación de muchas penas de muerte y la liberación de miles de encarcelados. Tan callada, que hoy es casi desconocida. Por ello, considero muy oportuno reproducir algunos documentos íntegros del archivo personal de Olaechea, que demuestran su actividad en defensa de los condenados políticos en Navarra.

Pío XII lo nombró arzobispo de Valencia el 17 de febrero de 1946. Su traslado se debió a que el Gobierno lo consideraba «como poco entusiasta del Régimen y apasionado por el ideal del separatismo vasco», según testimonio del general Francisco Franco Salgado-Araujo, primo del Jefe del Estado; y, por ello, el Gobierno gestionó su ascenso a arzobispo para alejarlo de Navarra. Tomó posesión de nuestra Archidiócesis en la persona del obispo auxiliar, Juan Hervás, el 6 de junio de 1946, y diez días después hizo su entrada solemne en la ciudad de Valencia.

La muerte del arzobispo Melo en 1945 cerró definitivamente un capítulo de historia diocesana, caracterizado por los primeros conatos de restauración eclesial posbélica. Su herencia fue recogida en 1946 por el nuevo arzobispo. El comienzo de su ministerio valentino coincidió con la primera gran crisis política del régimen tras la derrota en Alemania e Italia del sistema totalitario nazi-fascista, y con el activismo de la Iglesia en la sociedad española, protegida moral y económicamente por el Estado. Coincidió además con las décadas de mayor esplendor para la consolidación de la restauración religiosa, de las estructuras eclesiásticas y de la presencia activa del clero en todas las manifestaciones sociales, que comenzó a decrecer a partir de 1962, a medida que penetró en la Iglesia el espíritu renovador del concilio Vaticano II.

El nuevo arzobispo inauguró sus tareas episcopales con un estilo pastoral completamente nuevo que contrastó abiertamente con el de su predecesor. Su discurso de ingreso en la diócesis fue significativo porque, evitando prudentemente alusiones a la llamada «cruzada de liberación» y a las grandezas del régimen, presentó su misión como la del verdadero pastor, abierto a todos «a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes, a los patronos y a los obreros, a las derechas y a las izquierdas. Buscamos sólo a Jesucristo», decía.

Como buen salesiano, captó la sensibilidad de los valencianos y centró sus primeras intervenciones públicas en gestos que le ganaron la confianza y la simpatía del pueblo. Desde el primer momento actuó en una doble dirección: por una parte, continuar e intensificar la renovación espiritual de la diócesis iniciada tras la guerra, pero con nuevos métodos pastorales y, por otra, mantener y aumentar el protagonismo social de la Iglesia, con iniciativas de carácter benéfico y asistencial. La gente sencilla, los grupos marginados, los trabajadores y las clases más humildes fueron los privilegiados del nuevo arzobispo, que tampoco olvidó a los burgueses y a los industriales.

Los hitos fundamentales de la renovación espiritual de la diócesis promovida durante un largo decenio estuvieron caracterizados por grandes manifestaciones e imponentes concentraciones populares, prueba evidente, para el arzobispo, de la vitalidad de la Iglesia, de su capacidad de convocatoria y de la religiosidad del pueblo valenciano.

La devoción a la Virgen de los Desamparados fue revitalizada con formas inéditas en el costumbrismo local. La imagen de la patrona recorrió en 1948 las calles de Valencia, con motivo del XXV aniversario de su coronación canónica, y llegó hasta los poblados marítimos. El entusiasmo popular fue inenarrable en aquellas circunstancias y el arzobispo no desperdició ocasión tan propicia para incrementar la formación religiosa del pueblo.

Un año después organizó, con la colaboración de 250 misioneros, dirigidos por el P. Langarica, una gran misión popular en la capital que se propuso cuatro objetivos fundamentales y a la vez elementales para la vida cristiana: santificar las fiestas, amar a los pobres, frecuentar los sacramentos y recibir el viático a la hora de la muerte. El éxito fue tan rotundo que el arzobispo la repitió seis años más tarde, en 1955, con motivo del V centenario de la canonización de San Vicente Ferrer. La multitudinaria participación de los fieles demostraba que la Iglesia era la única fuerza capaz de aglutinar tantas energías sin la presión de organismos oficiales, aunque con su apoyo moral.

La celebración, en octubre de 1951, del Sínodo Diocesano fue el mayor acontecimiento eclesial de la primera época del pontificado, aunque su aplicación quedó muy pronto en letra muerta, pues fue superado por la renovación eclesial del Vaticano II.

Las originales iniciativas del nuevo arzobispo entusiasmaron sobre todo al clero, que necesitaba nuevos estímulos para reanudar con ilusión una tarea interrumpida en los últimos años del anciano arzobispo Melo y parcialmente continuada durante la breve gestión interina de Hervás, caracterizada por su rígido gobierno personalista. Por aquellas fechas comenzaba a ser acuciante el problema de la escasez de clero porque en los últimos cinco años habían fallecido 110 sacerdotes y sólo 36 habían recibido la ordenación sacerdotal.

El arzobispo quiso un clero renovado, más cercano al pueblo, sensible a los problemas del mundo y con mayor preparación intelectual y humana para responder a los nuevos retos de la sociedad. La conducta política de arzobispo en aquellos años tan difíciles fue acertada, pues, aunque nunca se mostró abiertamente contrario al régimen, mantuvo desde su llegada a Valencia un discreto distanciamiento de las autoridades civiles, que no siempre estuvieron a la altura de las circunstancias, ni libres de frecuentes y fundadas críticas por escandalosos episodios de corrupción administrativa. Sus intervenciones públicas en momentos cruciales, como la abstención en el referéndum institucional de 1947, y sus pastorales sobre cuestiones laborales y salariales demostraron que el arzobispo vivía intensamente los problemas sociales, aunque no era un teórico de la sociología. Fue muy discutida su actitud personal con ocasión de dicho referéndum porque no votó –a pesar de haber publicado una circular explicando el significado del voto e invitando a su clero y fieles a emitirlo según la propia conciencia– porque se consideraba padre de todos sus diocesanos, los monárquicos y los republicanos. Manifestó su propósito de no votar al ministro de la Gobernación y sobre esta postura mantuvo una polémica conversación con el gobernador civil de Valencia.

Junto a las iniciativas reseñadas, tuvo otras de carácter esencialmente benéfico y asistencial, realizadas con gran acierto para demostrar el prestigio de la Iglesia e, indirectamente, para denunciar las ausencias evidentes del régimen.

En este contexto se entiende la fundación el 8 de marzo de 1948 del Instituto Social del Arzobispado (I.S.D.A.). Se volvía con él a las grandes realizaciones sociales de finales del siglo XIX, debidas al P. Vicent y muchos sacerdotes diocesanos dedicados a sindicatos, cooperativas y círculos sociales, obreros y culturales en los pueblos. El verticalismo impuesto por el régimen a la organización sindical impidió el desarrollo de cualquier iniciativa privada, incluso de la Iglesia, en los primeros años de la postguerra.

Olaechea afrontó también este agudo problema y organizó su institución en dos direcciones: hacia los patronos (Instituto Social Empresarial = I.S.E.) y hacia los trabajadores (Instituto Social Obrero = I.S.O.), que gozaban de cierta autonomía, pero tenían una junta común.

Con el I.S.E. quiso el arzobispo reformar la organización patronal infundiéndole una inspiración cristiana, empresa ciertamente ardua, que podía minar incluso su popularidad y prestigio.

Con el I.S.O. la Iglesia quiso dar a los obreros lo que el Estado les negaba: un ámbito de promoción humana y social, de formación cultural y religiosa, un ambiente donde poder incluso manifestar –aunque tímidamente, habida cuenta de la grave situación política, que no permitía el mínimo disenso–, justas reivindicaciones. El I.S.O sólo pretendía mejorar la condición de los trabajadores, sin ambiciones políticas ni sindicales, pues no quería organizar movimiento sindical o asociación política alguna. Era un centro de formación e instrucción con oportunos cursillos y conferencias. Cerebro del I.S.D.A. fue el Instituto de Estudios Sociales, formado por catedráticos e investigadores, que estudiaban desde distintos puntos de vista el complejo problema social en sus diferentes aspectos con el fin de encontrar posibles soluciones en armonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Tampoco olvidó el problema de la mujer ante el trabajo y ante la vida, para cuyo estudio y solución, según los principios cristianos, fue creado el Instituto Social Femenino (I.S.E). Para ayudar a la mujer trabajadora erigió además otras dos instituciones: el Hogar Instructivo Católico de Señoritas oficinistas (H.I.C.S.O.), que atendió a la formación integral de sus asociadas, tanto religiosa, como cultural, profesional, artística y social, y la Escuela de Enfermeras, con características semejantes. En este mismo contexto se entienden la fundación en 1947 del Banco de Nuestra Señora de los Desamparados, institución pionera, sin afán de lucro, para la ayuda a los necesitados con un sinfín de actividades diversas, y el Dispensario, instalado en la calle de Jesús y dotado de material sanitario moderno, que fue un completo éxito porque muchos médicos atendieron a las familias con espíritu de auténtica caridad cristiana.

Existía en Valencia el grave problema del chabolismo, que afectaba a miles de familias, hacinadas en humildes chabolas o cabañas junto al cauce del río Turia, desde Mislata hasta su desembocadura en Nazaret. El arzobispo las recorrió para percatarse de la situación y se planteó el ambicioso proyecto de construcción de viviendas, financiadas por el patronato fundado por él mismo, con intenciones ciertamente buenas, pero quizá con espíritu paternalista. La iniciativa, excelente en su concepción, no estuvo exenta de peligros, pues, muy pronto, cuando se le acabaron los fondos, necesitó el arzobispo la ayuda económica de un régimen político que él mismo por aquellos años criticaba solapadamente. A pesar de estos inconvenientes, la iniciativa dio frutos positivos y contribuyó a resolver en parte el problema de la vivienda que agobiaba a numerosas familias.

Como las cifras son más elocuentes de cuanto se pueda escribir, los datos sobre casas para obreros construidas bajo el impulso del arzobispo fueron: Grupo San Marcelino, 525; Grupo de Tendetes, 159; Grupo de Patraix, 272; Grupo de Rosales-Benicalap, 88; Grupo Virgen del Puig, 99. Total: 1.113 viviendas construidas en Valencia y otras 397 en distintas poblaciones (Serra, Villanueva de Castellón, Sueca, Játiva, Benisa, Torrente y Catarroja). Junto a las viviendas construyó también escuelas con campos de deportes y también locales comerciales. Para realizar estas obras contó con la colaboración de muchas personas generosas, como el salesiano José Lasaga, el sacerdote Rafael Lucia y los seglares José María Haro Salvador, Manuel Cortés y Elena Arnal.

Para financiar tantos proyectos lanzó en 1949 otra iniciativa, muy popular en sus comienzos, aunque menos en años sucesivos, la Tómbola Valenciana de Caridad, para recaudar fondos con destino a las numerosas obras sociales del arzobispado creadas en tan poco tiempo. Ésta fue una ayuda importantísima y los acreedores fueron tranquilizándose al comprobar que los beneficios servían íntegramente para pagar las deudas contraídas. La Tómbola, dirigida por el salesiano José Lasaga, tuvo gran éxito porque nació en un momento económico y social propicio, pero su esplendor fue breve, apenas seis años, desde 1948 hasta 1954, en los que consiguió recaudaciones de hasta 300.000 pesetas diarias y cerró sus ejercicios con varios millones de beneficios limpios.

Los nuevos aires del desarrollo económico de la nación y del incipiente desinterés popular por estas formas de ayuda benéfica promovidas por la Iglesia aconsejaron el cierre definitivo de la Tómbola, que había comenzado siendo muy pequeña y sin pretensiones, en un rincón del gran solar que era entonces la actual plaza de la Reina, junto a un local comercial vacío, donde se distribuían los regalos. Muchos fueron los voluntarios de las cuatro ramas de Acción Católica que colaboraron en ella, contando siempre con la presencia, cariñosa y alentadora del arzobispo. Ante el éxito adquirido en poco tiempo, la Tómbola fue trasladada a la plaza de la Virgen bajo cuya advocación está dedicada. El trabajo se multiplicó y entonces el arzobispo abrió las puertas de su palacio, para que en él se instalaran los locales de trabajo, organización y preparación. Tras diez años de actividad, la Tómbola recaudó más de 84 millones de pesetas que, deducidos los gastos, dejaron un beneficio neto de 34 millones. Estas ganancias se invirtieron en la construcción de 1.285 viviendas, ya entregadas y habitadas; fueron atendidos, por medio del Dispensario de Ntra. Sra. de los Desamparados, 16.300 enfermos pobres, carentes de todo seguro; fueron hechos viajes, recreos excursiones y vestuarios de once mil niños, seleccionados de sus parroquias para pasar quince días en las Colonias de la Virgen. También fueron atendidos los secretariados parroquiales de Caridad y el Patronato Diocesano de Educación. «Algo se ha hecho», dijo el arzobispo, «aunque la necesidad sea mucha, algún socorro se ha podido prestar a nuestros hermanos por medio de la Tómbola». En todas estas actividades puede verse la lección de caridad y de preocupación por los problemas del prójimo y el deseo sincero del arzobispo de poner remedio a las muchas deficiencias de una sociedad anquilosada, que el Estado intentaba construir sobre bases nuevas, pero que en realidad presentaban grandes limitaciones, tanto por las contradicciones e incoherencias propias del mismo sistema político autárquico como por la corrupción existente en diversos niveles de la administración pública.

En realidad, con estas iniciativas el arzobispo llenó vacíos inmensos y denunció tímidamente faltas graves del poder civil, en la medida en que la rigidez del régimen lo toleraba, a la vez que intentó demostrar a los trabajadores que la Iglesia era capaz de resolver los problemas sociales y laborales, ante los cuales el régimen mostraba una incapacidad evidente.

El arzobispo Olaechea, que con las autoridades civiles y militares mantuvo siempre relaciones correctas, aunque nunca cordiales, por lo menos en su primera época –e incluso en la segunda, a pesar de que fue consejero del Reino–, se inclinó también a la burguesía y al capital, concediendo incluso a industriales acaudalados cargos honoríficos en cofradías y asociaciones de la Iglesia. De este modo consiguió vincular al naciente I.S.E. a los sectores más dinámicos y representativos de la economía valenciana, que vieron en esta organización de la Iglesia una posibilidad de agrupación no sólo para fines profesionales sino también políticos, mientras el régimen negaba, y seguiría negando, cualquier intento de asociación, a la vez que contribuían a financiar las numerosa obras benéficas y asistenciales del arzobispo, que no conocieron pausa en veinte años, pues dio vida en toda la diócesis a cooperativas agrícolas, albergues para la juventud, escuelas confesionales de magisterio y periodismo, de asistentes sociales y de deportes, etc. Surgidas todas ellas en los años cincuenta, demostraron la capacidad organizativa del arzobispo y su decisivo influjo en una sociedad muy clericalizada, que se fue perdiendo cuando comenzó a penetrar el secularismo.

Una palabra hay que decir, a este propósito, de la Escuela de Deportes de la Iglesia, mucho más conocida por el nombre de «Benimar», ubicada en la playa de Nazaret, en una zona costera hoy desaparecida por el avance de la zona industrial de Puerto de Valencia. Su creación se debió a otra de las grandes ideas sociales del arzobispo, que, como buen salesiano, tenía un gran preocupación por los jóvenes, y para ellos buscó un lugar donde pudieran reunirse, practicar deportes y divertirse. Para muchos de ellos aquel recinto fue la primera oportunidad para practicar baloncesto, tenis, ping-pong y otros juegos. También fue un lugar de encuentro para muchas familias que deseaban un lugar tranquilo para disfrutar de la playa, sin peligros para los niños, y, por último, fue un centro cultural, porque al atardecer se celebraban charlas interesantes, sesiones de cine o exposiciones en las que participaban los primeros socios artistas. El arzobispo encomendó la dirección de «Benimar» al sacerdote Baltasar Argaya, hermano del obispo auxiliar, Jacinto.

Mayor envergadura tuvo la creación del Patronato de Educación e Instrucción del Arzobispado (16 de diciembre de 1949), que promovió la construcción de escuelas primarias, dirigidas por maestros, seleccionados mediante concurso-oposición, a los que se exigía, además de la preparación adecuada, una dedicación a la enseñanza religiosa y a la formación moral de los niños. En 1954 eran 375 las escuelas primarias establecidas por el arzobispo.

En todas estas obras prevalecieron la ilusión y el entusiasmo, la buena voluntad y la generosidad de personas desinteresadas sobre la solidez de los planteamientos y el rigor de su gestión. Lo cual mostró, por una parte, la valentía del arzobispo y su capacidad creadora, pero, al mismo tiempo, una cierta ingenuidad y falta de previsión, pues no era posible que la Archidiócesis mantuviera por mucho tiempo tantas instituciones a pleno rendimiento. Los frutos de algunas de ellas fueron más bien escasos, quizá porque faltaron sacerdotes y seglares capaces de dirigirlas y también por falta de medios económicos para financiarlas.

El anuncio de la celebración de un concilio ecuménico, hecho por el beato Juan XXIII el 25 de enero de 1959 sorprendió al mundo entero. Su preparación a lo largo de cuatro años sirvió para que la Iglesia revisara sus métodos de evangelización, estructuras organizativas e ideas teológicas. España comenzó la década de los sesenta con una realidad económico-social en rápida evolución, porque la estabilización económica consiguió superar la crisis y el país se encuadró en los esquemas del desarrollo capitalista, con los consiguientes efectos negativos en el terreno social y laboral: primeras huelgas, primeros conflictos sociales y primeras manifestaciones estudiantiles contrarias al régimen, opresor de las libertades civiles y derechos humanos.

La Iglesia en Valencia encontró también por vez primera problemas nuevos, sobre todo en zonas industriales altamente conflictivas, como el Puerto de Sagunto, donde algunos sacerdotes mostraban ya gran sensibilidad hacia las justas reivindicaciones de los trabajadores y oposición abierta al régimen.

A medida que avanzaban los trabajos preparatorios del Vaticano II se advirtió por doquier una mentalidad renovada, gracias a la rápida penetración de nuevas ideas y a la necesidad de dar una respuesta adecuada a los numerosos interrogantes del mundo. Las tensiones intraeclesiales se manifestaron a todos los niveles, demostrando que en el seno de las estructuras eclesiásticas comenzaba a producirse un cambio profundo. A nivel nacional, los obispos españoles publicaron en enero de 1960 una pastoral sobre la actitud cristiana ante los problemas morales de la estabilización y del desarrollo económico, tema dominante de la sociedad española en aquellas fechas, en el que se apoyaba la nueva orientación política del Gobierno, sin calcular la fuerza de un movimiento obrero siempre más poderoso e influyente desde la oposición interna al sistema.

En Valencia, como en el resto de España, la situación había cambiado sensiblemente y el arzobispo comenzó a percatarse de la rápida evolución social y de las inquietudes del clero y de los seglares. En 1957, a raíz de la gran riada del Turia, el arzobispo llegó casi a monopolizar las tareas de restauración material de la ciudad destrozada por la inmensa tragedia, que provocó numerosas víctimas humanas e ingentes daños materiales. Fue su última gran ocasión para que la Iglesia estuviera en el primer plano. Desde la prensa y la radio el arzobispo conectó con la sensibilidad popular y, ante la incertidumbre e ineficacia de las autoridades civiles en el primer momento, supo dar a los valencianos la respuesta inmediata que esperaban. Después, aunque siguió organizando manifestaciones y actos religiosos según el estilo de sus primeros años de pontificado, encontró una respuesta diversa del clero y una diversa participación popular menos intensa.

Mientras en Roma se preparaba el concilio, en Valencia el arzobispo seguía organizando grandiosas manifestaciones religiosas: XVII centenario de la llegada del Santo Cáliz de la Cena a España en 1959, con actos solemnísimos, incluida la participación personal del jefe del Estado y protagonismo indiscutido de Olaechea en San Juan de la Peña, Huesca, Zaragoza y, por supuesto, Valencia; Año Santo Mariano, en 1960, con motivo de la proclamación de la Virgen de los Desamparados, «patrona principal de toda la región valenciana»; fiestas de la canonización del beato Juan de Ribera y de la beatificación de la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Teresa de Jesús Jornet, etc.

En octubre de 1962 marcharon a Roma el arzobispo y su obispo auxiliar, Rafael González Moralejo, para tomar parte en las sesiones del concilio Vaticano II, que terminó el 8 de diciembre de 1965. El arzobispo, que había sido miembro de la comisión preparatoria del seminario, fue nombrado después del concilio miembro de la misma comisión postconciliar. Inmediatamente después comenzó la renovación postconciliar, que tuvo sus primeras manifestaciones concretas en las reformas litúrgicas y pastorales.

Inició también entonces un proceso de secularización de la sociedad cristiana, que afectó en gran parte al clero, provocando el doloroso fenómeno de las llamadas reducciones al estado laical o dispensa de las obligaciones inherentes al estado sacerdotal, concedidas por la Santa Sede a más de 300 sacerdotes diocesanos, que las solicitaron en los últimos 40 años.

La estructura tradicional de la curia arzobispal valentina había estado prácticamente inalterada desde mediados del siglo XIX hasta 1967. El arzobispo Olaechea tuvo como obispos auxiliares, desde 1952 hasta 1957, a Jacinto Argaya Goicoechea, y desde 1957 hasta 1966, a Rafael González Moralejo. Pero, junto a ellos, estuvo durante muchos años la figura del canónigo Guillermo Hijarrubia, primero como canciller-secretario y después como vicario general. Éste era quien llevaba efectivamente el gobierno de la diócesis, mientras que los obispos auxiliares dedicaban la mayor parte de su tiempo a la visita pastoral, ayudados también en esta tarea por el arzobispo titular de Methymna, Emilio Lissón Chaves.

En los años del concilio Vaticano II, el anciano arzobispo Olaechea, contó además con la colaboración del nuevo vicario general y deán de la Catedral, José Songel Pérez.

Apenas terminó el Vaticano II el arzobispo reorganizó la Comisión Diocesana de Liturgia y creó la Comisión Diocesana de Pastoral, y todavía tuvo tiempo para dar algunas disposiciones relativas a la aplicación en la Archidiócesis de la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia y sobre el uso de la lengua valenciana.

Nuestra Archidiócesis quedó vacante el 18 de noviembre de 1966, tras la renuncia presentada, por motivos de edad, por el arzobispo Olaechea, que marcó el comienzo de la renovación generacional del episcopado español a partir del otoño de 1966, cuando los obispos más ancianos presentaron su renuncia por motivos de edad, siguiendo fielmente la invitación del concilio y, en concreto, la norma canónica establecida en el «Motu Propio» Ecclesiae Sanctae del 6 de agosto de 1966, con el que Pablo VI rogó encarecidamente a los obispos que presentaran la renuncia al gobierno pastoral de sus diócesis al cumplir los 75 años de edad, para poder llevar a efecto lo prescrito en el nº. 21 del decreto conciliar Christus Dominus.

Pocos días después de la publicación de dicho «Motu Proprio», el arzobispo Olaechea, presentó la renuncia por escrito a Pablo VI aduciendo motivos de edad y el primero que hizo público este gesto de una forma un tanto extraña, ya que publicó una breve carta pastoral hablando de la renuncia en general de los obispos a sus diócesis. Después de haber afirmado que todos ellos «nos sentimos honrados presentando con ancho corazón la renuncia a la Sede» y, refiriéndose a los párrocos ancianos de Valencia les dijo: «contamos ya con la renuncia de todos» pero les había pedido que continuaran «tranquilos y animados en el cargo mientras buenamente puedan».

La renuncia del arzobispo Olaechea produjo gran impacto no sólo en Valencia sino también en la opinión pública española y fue además noticia en el extranjero, porque se trataba de uno de los prelados de mayor prestigio del Episcopado español, dotado de una inteligencia extraordinaria y de un corazón generoso, como pudieron constatar cuantos le conocieron y trataron de cerca y, en primer lugar los sacerdotes de Pamplona y de Valencia. Sin embargo, a partir de los años sesenta se advertía la decadencia física del anciano arzobispo y su progresiva incapacidad para hacer frente a las nuevas exigencias que las reformas conciliares estaban exigiendo en una de las mayores diócesis de España.

La actividad del arzobispo quedó sensiblemente reducida tanto por las frecuentes ausencias de la diócesis –ausencias que fueron más sensibles durante los otoños de 1962 a 1965, cuando tuvo que asistir a las cuatro sesiones del Vaticano II– como por una evidente y progresiva limitación de sus fuerzas y capacidades. No pudo hacer la visita pastoral ni conferir órdenes sagradas, sino en circunstancias muy raras, ni asistía a las reuniones del clero. Su trabajo en la diócesis se limitó prácticamente en los últimos años, casi exclusivamente, a recibir visitas durante un par de horas al día. El gobierno pastoral estaba en manos de dos vicarios generales, uno de los cuales era además obispo auxiliar. Personalmente el arzobispo no conocía más allá del 10% del clero joven y había perdido todo contacto con los casi 800 seminaristas de su grandioso seminario metropolitano, imponente edificio del que podía sentirse muy orgulloso, porque aunque había sido proyectado por su predecesor, Mons. Melo, había sido prácticamente construido durante los veinte años de su ministerio en Valencia y a esta tarea se había entregado el arzobispo en cuerpo y alma consiguiendo empeñar a toda la diócesis.

Razones, pues, de salud –y sobre todo una insuficiencia cardíaca que le obligaba en parte a reducir su trabajo– habían cambiado sensiblemente la psicología del arzobispo, que era visitado casi diariamente por su médico personal, porque no se encontraba bien. Puede decirse que a él se le aplicaba de lleno la frase contenida en el decreto conciliar Christus Dominus de «minus aptus» para gobernar una diócesis.

Ciertamente, dejar la diócesis en aquellas circunstancias suponía un gran sacrificio para un arzobispo tan cargado de méritos, pero, al mismo tiempo, enfermo y anciano, y que sin duda alguna no esperaba en aquel momento que le llegara el cese en su ministerio.

Pobre entró en Valencia y pobre salió de ella. Cuando se le aceptó la renuncia, no tenía casa donde vivir y, gracias a la generosidad de un católico y la colaboración de la Congregación salesiana, se le pudo instalar un modesto piso donde transcurrió los últimos años de su existencia.

Durante muchos años fue presidente de la Comisión de Seminarios de la Conferencia de Metropolitanos. Falleció en Valencia, de la que era hijo adoptivo por acuerdo del Ayuntamiento del 18 de noviembre de 1952, el 21 de octubre de 1972. Sus restos mortales descansan en la capilla de Santo Tomás de Villanueva de la Iglesia Catedral.

 

OBRAS: Pasó haciendo el bien. Selección de escritos del Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga, obispo de Pamplona (Pamplona 1946); Pasó haciendo el bien. Selección de escritos del Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo de Valencia Dr. D. Marcelino Olaechea Loizaga (Instituto Diocesano Valentino Roque Chabás, Vols. I y II) (Valencia 1965), 2 vols.. En las pp. 333-407 de Informe de la Visita Apostólica a los Seminarios Diocesanos en 1933-1934. Edición del Informe y estudio sobre «La formación sacerdotal en España (1850-1939)» (Roma, Pontificio Colegio Español de San José-Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006), está su relación sobre el estado de los seminarios de las provincias eclesiásticas de Granada, Sevilla y Valencia.

BIBL.: ECHEVERRÍA, 97; BOAV 1972, 691-742; OLMOS, 394-402; LLIN, Arzobispos, 204-207; ROYO, 50-52; J. A. MARCELLÁN EIGORRI, La Iglesia navarra a los cuatro vientos (1936-1986) (Pamplona, Ediciones Eunate, 1996); D. Marcelino Olaechea. Vigencia de su obra apostólica y social (Valencia Asociación Católica de Maestros, 1989); V. CÁRCEL ORTÍ, Caídos, víctimas y mártires. La Iglesia y la hecatombe de 1936 (Madrid, Espasa-Calpe, 2008), pp. 358-378.